"El Puente Keller" : Relato
de René Boretto Ovalle
Tremendo relato sobre un episodio real sucedidio en Villa Independencia, hoy Fray Bentos, en 1868. Trae a la memoria episodios tan desgraciados como los que hoy nos está tocando vivir.
Ayer abrieron otra vez el puente del señor ingeniero Keller. Del otro lado estaba toda la gente de Independencia, esperando ese momento. Nosotros también buscábamos desesperados las caras de los familiares y conocidos, como si hubiesen pasado años de no habernos visto.
No era para menos. Había terminado el acuartelamiento. Se me antojó que las sombras de la peste se retiraban con los nubarrones grises que empujaba el viento frío del sur
Primero esperaron al Jefe Político y al Doctor de la Policía y después los milicos de azul tiraron abajo la valla que había clausurado el puente durante dos meses. Todo fue confusión. Del lado del saladero y del lado del poblado, cantidad de hombres y mujeres se atropellaron, abrazándose unos a otros.
Algunos lloraban. Otros, quedaron solos, estáticos, mirando si acaso aparecían como mágicamente quienes la peste había dejado de por siempre en el camposanto improvisado del establecimiento. Acaso podían haber escuchado mal, o los rezos y las plegarias surtieran efecto e hicieran que la cruda realidad de los familiares desaparecidos se convirtiera en un mal sueño.
No fueron lindos los días que la peste nos hizo pasar.
Una mañana, entre la neblina espesa que no se quería levantar, a eso de las diez, los patios y corredores de la fábrica comenzaron a llenarse de murmullos. La noticia corrió de boca en boca.
- ¡Nos agarró la peste! Han caído como veinte ya...
En efecto, como si la niebla de junio hubiera estado infectada, en cada lugar del saladero, la gente comenzó a sentirse mal y algunos, sin tiempo de reaccionar, se caían redonditos al suelo, arrollados y tiritando, volando de fiebre y vomitando baba espesa que asustaba al más corajudo verlos.
El doctor no daba abasto con tantos llamados y tuvo que hacer vaciar el shop de la carpintería para acomodar en el suelo, sobre mantas, a los enfermos que aparecían minuto a minuto