Ni siquiera dio tiempo como para que se los pudiese trasladar al hospital del saladero, a unas cuatro cuadras de la fábrica vieja. Los hombres y mujeres caían fulminados como si un marronazo invisible los dejara sin resuello, tal cual las infelices vacas en el matadero.
Mucha gente reaccionó y trató de escaparse hacia el pueblo, pero al llegar al Puente Keller ya la policía lo había cerrado, aislando el barrio. Los policías de a caballo recorrían constantemente la costa del arroyo para evitar el trasiego humano y la contaminación.
Al día siguiente, el panorama fue desolador. Para algunos se revivieron los momentos de la fiebre amarilla de Montevideo
Los caídos del día anterior, pasaron a mejor vida. Entre estertores de fiebre, delirios y quejidos que inundaron todos los ambientes. El trabajo se paralizó. Cesó el ruido constante de las poleas acarreando las reses desolladas, desapareció el humo de las chimeneas y solamente el mugido de centenares de vacas llenaba el aire
El gerente principal, los ingenieros alemanes y el médico del hospital, hicieron un comité de emergencia. Congregaron a los obreros en los patios y nos distribuyeron tareas
Tantas cosas se ordenaban, tantas y tan desordenadas, que para desesperación de todos, daban la impresión de estar disparando escopetazos a un fantasma invisible que aleteaba sobre el cielo del saladero, como lo hacen los caranchos mirando hacia abajo para caer con vuelo de picada sobre un ratón.
Se aceleraron los procesos de matanza. Los novillos, en los mismos corrales, fueron degollados y amontonados, quemándolos en grandes piras que despedían un asqueroso olor a pelo chamuscado.
Los carpinteros y los toneleros, se encargaron de un trabajo de su oficio, pero muy ingrato, por cierto. Comenzaron a construir cajones de madera para poder enterrar a los difuntos que la fiebre llevaba. A los tripulantes de las goletas surtas en el puerto, los obligaron a desembarcar y a las embarcaciones que se acercaban para operar, les avisaban a gritos que se mantuvieran alejados. Una bandera amarilla flameaba en lo alto de un mástil, en la punta del puerto de madera.
Los días pasaron nefastos. Desde Independencia se avisó que allí no se había registrado ningún caso, lo que justificó aún más la vigilancia para separar el foco de infección. Pero como dos mil almas del otro lado del arroyo se preocupaban. Cada tarde, como a las seis, cuando el sol se ocultaba allá, detrás del muelle del saladero, decenas de personas se congregaban y mediante gritos se pasaban las informaciones.
- Anoche murió Peláez, el marido de ña'Florencia. También el Perico. El que vivía al lau'e la panadería de los Picasso...
Algunos quedaban esperando. Otros, cabizbajos, marchaban de vuelta a casa, impotentes, a llorar sus pérdidas. Los carpinteros resultaron insuficientes. Primero porque eran muchos más los cajones que tenían que hacer y además, porque a ellos también les tocaba la vuelta de la guadaña...
- Parece mentira - decía un gallego que era especialista en las terminaciones - De hacer crucifijos tallados para las tapas ahora tengo que clavar maderas para unos cajones atorrantes.
Inclusive, llegó el momento en que ya no se hicieron cajones. Nos pusieron a cavar unas fosas largas y profundas, del lado del basurero y allí traían en carretillas a los pobres infelices muertos, que enterrábamos entre capa y capa de cal viva.