ARTE Y TRADICION : MASCARONES DE PROA

Colaboración del Hermano Enrique Bunsten. (Mar de la Eternidad)
La historia de la escultura desdeña ocuparse de las clásicas imágenes que adornaban la roda de los barcos de vela. Verdad que fue un arte anónimo y huérfano de escuelas, pero piense el lector que sus orígenes conocidos se remontan a tres mil doscientos años, y recuerde que la '"Victoria de Samotracia”, conservada en el Louvre, no es sino el ornamento de proa de una galera griega desenterrada en una isla del Mar Egeo. Es curioso el hecho de que los mascarones se hayan tomado desquite en los museos; En uno de ellos. en Boston, se exhibe una colección impresionante de estas '"figureheads"'. reliquias de la época de Herman Melviile, cuando los Estados Unidos tenían en actividad novecientos buques balleneros.
En lnglaterra, en Noruega, en Dinamarca, en Alemania y en todo país de tradición marítima, los museos destinan secciones a la conservación de esos maderos carcomidos que representan ninfas, águilas, dragones, guerreros y personajes famosos.
El tiempo los ha barnizado con su pátina y su encanto mágico. En la Academia Naval de Annapolis el mascarón del "Delaware", que es la efigie del indio Tecumseh, recibe el saludo supersticioso de los cadetes que van a rendir exámenes. En un camino de Long lsland el busto de Hércules. sacado de la proa del '"Ohio'", atrae a las mujeres enamoradas con un tablero colocado al pie que les ofrece la dicha si besan su mejilla. Los más antiguos mascarones de que se hace mención pertenecen al Egipto de Ramsés III, 1200 años A, C. Sus motivos predominantes eran el fénix, emblema de la inmortalidad; el loto, símbolo de la indolencia. y el ibis, devorador de reptiles del Nilo.
Los egipcios crearon también los "ojos'", pintados a ambos lados de la proa, para que los navíos pudiesen ver las rocas o bajos interpuestos en su ruta.
Decoraciones semejantes adornaron el yate de Cleopatra, embarcación fastuosa que tenía la popa de oro, los remos de plata y el velamen de seda púrpura.
Mascarones de factura primorosa embellecieron los juncos chinos, esas casas flotantes de cinco mástiles que cruzaban el Indico para ir a las costas del África.