Este zoo condensado era más que un adorno: tenía por objeto amedrentar al enemigo que pudiera salirles al paso. Como los chinos creían que los barcos eran seres vivos, les pintaban también sendos ojos para evitar que se estrellaran navegando“a ciegas". Tan distintos como eran de los asiáticos, los vikingos hicieron igualmente del dragón la figura terrorífica de sus ""drakkers"" o buques insignias. Sus enormes galeras, las "snekkers", de cincuenta metros de eslora, se llamaban así porque toda la embarcación simulaba la forma de una gigantesca serpiente de mar.
El mascarón, que era una roja cabeza caballuna, se erguía desafiante sobre un pescuezo tan alto como la mitad del mástil; el casco rechoncho apenas sobresalía del agua, y la popa remedaba la cola del reptil monstruoso.
Vistas desde lejos, en el horizonte, las "snekkers" ponían pavor en el ánimo de los navegantes desprevenidos; y este recurso ingenuo ayudó a despejarles el camino en sus expediciones de conquista y piratería.
Coincidencia digna de señalarse es que los polinesios, vikingos del Pacífico, hayan decorado sus "pahi", balsas de doble cateo, con figuras de parecida forma y tamaño, que les hacían asemejarse a cisnes cabeceantes en su majestuosa navegación entre las islas. Queda en evidencia que los europeos modificaron pero no inventaron el mascarón. Su mérito, a lo sumo, consiste en haberles impuesto todas las variaciones y caprichos imaginables. Bastará saber que un navío francés del siglo XVlll, el "Doce Apóstoles", ostentaba a los discípulos (con Judas incluido) en estatuas de tamaño natural desplegadas alrededor de la popa.
Con tal precedente no hubo armador que se atreviera a bautizar fragata o bergantín con el nombre de "Las once mil vírgenes".
En Europa y América los mascarones han sido como la corbata de los buques, la coquetería de los grandes veleros y yates de placer. En el apogeo de la navegación a viento, cuando se introdujo la construcción en serie, el mascarón era la única pieza que no se repetía, en razón de que simbolizaba el nombre de cada barco, y entonces hacia las veces de distintivo que permitía identificarlos a la distancia. Generalmente los mascarones estaban pintados de colores vivos: blancos o dorados cuando el casco era negro, y policromos si éste era blanco o crema.
Tratándose de representaciones femeninas, reinas o diosas, los artistas combinaban escultura y pintura coloreando los rostros o vestidos como si fuesen retratos. Típico ejemplo es el "Pink Cheeks", mascarón inglés de mejillas rosadas, ojos azules, labios rojos y volante cabellera rubia. Como no podía menos de ocurrir, los mascarones han dado pábulo a toda suerte de supersticiones.
Los casos referidos de Long lsland y Annapolis no son sino supervivencias de las consejas que preocuparon a los hombres de mar entre los siglos XVII y XlX.

Era cosa creída por todos, y al parecer confirmada algunas veces, que una nave que perdía el mascarón no llegaba al término del viaje. Porque tanto en la paz como en la guerra el mascarón tenía poderes sutiles sobre el buque, a la manera de un talismán.