Pero de Bisschop no era de esas personas que se dejan vencer fácilmente y consultando, fue informado de los astilleros de Constitución, que en esa época continuaban construyendo faluchos para trasladar minerales en el norte. Sin dudarlo partió a la “Perla del Maule”. Ahí lo conoció el personaje del que proviene esta historia. Don Horacio Blanco era el jefe de la estación de ferrocarriles del puerto y de inmediato quedó seducido por el proyecto de una nueva balsa, la Tahiti Nui II.
En el Astillero de los hermanos Muñoz se construyó la embarcación de acuerdo a planos del propio de Bisschop, en los que intentó mejorar las deficiencias que causaron el naufragio de la primera balsa. Después de un trabajo arduo, de recolectar las mejores maderas de ciprés en la zona y de comprometer a toda la comunidad en el proyecto, a comienzos de Febrero de 1958 la nave estuvo lista para navegar. Como buen francés, de Bisschop tuvo un affaire con una chilena. María Correa Pereira, dueña de viñas en Lontué, en cuya casa el marino concluyó su libro póstumo, Cap a l´Est, donde narra las peripecias de su travesía e incluye algunas notas con observaciones efectuadas durante su vida. Se podría decir que fue su testamento.
Doña María estaba obsesionada con la idea de ser parte de la tripulación, a lo que por supuesto de Bisschop se opuso. No obstante, ella buscó la manera de acoplarse al periplo. El día 15 de Febrero de 1958, fecha fijada del zarpe, la balsa amaneció con su línea de flotación mas sumergida, la cubierta apenas sobresalía por sobre el agua. La razón ? La viuda enamorada había atiborrado las bodegas de la balsa con botellas de vino que acompañasen a los navegantes en su aventura...
Pero no había tiempo que perder, la barra del río Maule se presentaba favorable, por lo que entre tres lanchas la arrastraron hasta dejarla a la cuadra necesaria para captar los vientos del sur, la corriente de Humboldt y emprender el viaje. Poco más tardaron en percatarse de que ella misma permanecía oculta entre las botellas. Para su pesar, la trasladaron a una de las lanchas y Doña María tuvo que despedirse de su amor, en la que sería la última vez que lo vería. Toda la población del puerto de Constitución, además de los veraneantes que en esa época del año repletaban el balneario, salieron a despedir a los arrojados marinos, que zarparon entre pañuelos agitados, gritos de alegría y vítores.
Días después, la balsa recaló en Valparaíso y siguió viaje hasta el Callao, desde dónde enfiló hacia el oeste a mediados de Abril de 1958.