El 13 de abril, viendo que el tiempo desmejoraba y el Uruguay crecía mucho, habían fondeado las chatas en el paso "La Correntina", del río Gualeguaychú. En cuanto a la draga, su Capitán se negó a entrarla pese a que el Sr. Fausto Briozzo, a cargo del remolcador, le había ofrecido ayuda. Por tal motivo, el 226 prosiguió ese día hacia en arroyo Ñancay, en servicio para la Prefectura. Al día siguiente, el remolcador pasó de regreso y nuevamente se le sugirió al capital Rojas guarecerse en el Gualeguaychú, lo que fue nuevamente rehusado. El miércoles 15 (día del naufragio del Titanic, en 1912) el panorama se había complicado: el Uruguay crecía, la sudestada arreciaba y el peligro era extremo.
La draga cargada de agua, trabada por su anclaje, presa de la sudestada y las olas, comenzó a hundirse de popa, por lo que los tripulantes atinaron a subirse a la torreta. Finalmente, una fuerte racha le provocó una vuelta campana. La hora del hundimiento quedó registrada en el reloj de la draga y en los de las víctimas: entre una y media y dos de la mañana de aquel 16 de abril.
De los once tripulantes que en ese momento se encontraban en la draga, ocho murieron y tres se salvaron, al alcanzar la costa en la zona de El Potrero, dos de ellos eran los cocineros y un operario. Los que pudieron llegar a nado a la costa de Ñandubaysal, encontraron la muerte por una causa inesperada. Allí se habían arremolinado los durmientes que venían flotando, recientemente extraídos del puerto de F. Bentos; al llegar, los náufragos morían azotados por esos durmientes que batían las enfurecidas aguas del Uruguay.
Todavía yace ahí la legendaria draga. Hace treinta años, intentaron reflotarla pero fue imposible. No sólo porque venció las leyes de la física, sino porque pareciera que es su destino quedar allí para siempre. Visible desde lejos, de día y de noche, se ha constituido en una referencia para los navegantes; les ayuda a prevenir desgracias como la que terminó con ella. La seguirán viendo las futuras generaciones; a su historia la conocerán lugareños y turistas. Y perdurará en la memoria colectiva, su dramático final aquella aciaga noche de 1959.