Al cabo de una semana quedaban 28 supervivientes, pero aún parecían demasiados. Como muchos estaban enfermos, gravemente heridos o en estado de demencia, tras un debate se decidió arrojar a trece de ellos al mar. Al mismo tiempo, el hambre y la sed hacían estragos. Tras agotar la carga de vino que llevaban (la de agua había caído al mar), debieron beber agua salada y hasta la propia orina. En cuanto a la comida, disponían de una sola caja de galletas que se acabó en un día.
Al tercero ya se produjeron casos de canibalismo. Como explicó un superviviente, pese a la repugnancia que sentían, cortaban la carne de los cadáveres en tiras y la dejaban secar al sol antes de comerla; «veíamos aquella horrible comida como el único medio de prolongar nuestra existencia».
Tras trece días navegando a la deriva, los quince supervivientes avistaron una embarcación que se aproximaba a ellos. Era un navío de la flotilla que zarpó junto a La Medusa y que había arribado a su destino en Saint-Louis. Chaumareys, que también había logrado llegar allí en un bote, lo había enviado no tanto para rescatar a los supervivientes, que le importaban bien poco, como para recuperar el material de la balsa.
En 1817, dos de los supervivientes de la expedición, el cirujano Jean-Baptiste Savigny y el ingeniero-geógrafo Alexandre Corréard, publicaron un libro titulado Naufragio de la fragata La Medusa. Relato de los hechos que ocurrieron en la balsa, en el que denunciaban tanto la negligencia y la cobardía del capitán como la atrocidad de los marineros aterrorizados y ebrios.
Se desencadenó entonces una indescriptible emoción en Francia. Gacetas, panfletos y grabados empezaron a evocar con todo lujo de detalles el horror del acontecimiento.
La oposición liberal al régimen borbónico aprovechó el asunto para denunciar la incompetencia de la monarquía restaurada, forzar la dimisión del ministro de la Marina e instituir un consejo de guerra contra Chaumareys, que fue condenado a tres años de cárcel. En este clima de indignación, un artista de 28 años decidió inmortalizar el episodio en un gran cuadro. Por entonces, Théodore Géricault había ya llamado la atención de los críticos, pero acababa de perder una beca y necesitaba una obra maestra que relanzara su carrera. Para ello, nada mejor que un tema de viva actualidad como el del naufragio de La Medusa.