En el momento en el que el Costa Concordia impactó contra las rocas sumergidas en las proximidades de la Isla de Gilio, los pasajero se divertían en el Salón Principal, batiendo palmas y entonando a toda voz la canción de Modugno "Volare". Pocas ideas resumen mejor el espíritu del mayor accidente naval de Europa en lo que va de siglo: el vodevil y la tragedia, cogidos de la mano. Lo hilarante y lo terrorífico, juntos y entremezclados.
Sainete porque en un accidente que se saldó con 32 pasajeros muertos, varios heridos y miles de personas que temieron seriamente por su vida, La astracanada estuvo también presente, encarnada en la figura del Capitán Schettino. Su presencia aporta una narrativa que hace parecer este acontecimiento real una ficción, porque encarna como pocos la figura del villano oficial de la historia –con un toque humorístico- con declaraciones como "Resbalé y caí en un bote salvavidas" para explicar porqué había abandonado el barco en medio del caos, cuando miles de personas se encontraban atrapadas en él. Por no faltar, no le falta ni el toque de alegre follarín, pues viajaba en el barco acompañado de su amante moldava, la joven Domnica Cemortan, que defendió su inocencia y la corrección de su actuación hasta el final.
Schettino fue condenado en primera instancia, en febrero de 2015, por homicillo involuntario, naufragio y abandono del barco a 16 años y un mes de prisión. Dos años más tarde, la justicia italiana confirmó en apelación la sentencia. La fiscalía había pedido entonces 27 años de cárcel mientras que la defensa del capitán, que ha mantenido siempre su inocencia, pidió la absolución. En mayo de 2017 el Tribunal Supremo de Italia confirmó de manera definitiva la pena de 16 años de prisión. La justicia italiana considera probado que el capitán del barco provocó el accidente, al ordenar el desvío de la ruta original y navegar demasiado cerca de la costa de la isla toscana del Giglio.
Comparar el caso del Costa Concordia con el del Titanic podrá ser frívolo y algo forzado, pero resulta inevitable. Sucedieron con un siglo de diferencia (el Titanic se hundió el 15 de abril de 1912 y el Costa Concordia el 13 de enero de 2012) , acontecieron en barcos de recreo de gran tamaño que se creían ajenos a cualquier hundimiento y ambas fueron tragedias muy mediáticas que captaron la atención del mundo de forma inmediata. Y, sobre todo, los dos explican su época mejor que muchos tratados históricos.
En el caso del Titanic, el hundimiento de un barco que se decía prodigio de la técnica e insumergible se produjo en el viaje inaugural, ironía amarga en la que algunos quisieron ver un castigo a la vanidad humana y ecos del vuelo de Ícaro. En el caso del Costa Concordia, la idea de que un barco con 4000 personas en crucero por el Mediterráneo se hunda a apenas 100 metros de la costa italiana en los tiempos del GPS y la navegación por satélite, resulta poco más que un chiste sin gracia.