LA MAGIA DE LAS

ANTIGUAS POSTALES

Colabora Juan Antonio Varese
Siempre es bueno coleccionar algo. Todos deberíamos hacerlo, más en estos tiempos en que nos toca quedarnos en casa. Será buena ocasión para revolver cajones, destapar baúles, limpiar altillos y ordenar las bibliotecas.
Seguramente vamos a encontrar algo interesante entre nuestras pertenencias. Cosas que vienen de lejos, de nuestros padres o abuelos, otras que están en la casa sin que sepamos desde cuándo y otras que provenían de la familia de nuestro cónyuge o de alguno de los hijos. Recuerde que siempre va a aparecer algo y que terminarán por agradecérmelo.
Tal fue lo que me pasó con unos álbumes encuadernados que contienen viejas postales. Muchas de ellas fechadas a fines del siglo XIX y otras de principios del XX. El gran furor de las postales, litográficas primero y fotográficas después acompañó a la Belle Époque. La gente tenía necesidad de mostrar las bellezas del país donde vivían.
Mis álbumes, producto de investigaciones alrededor de los años 1990 me llevaron a recordar muchas cosas y a investigar otras nuevas. Me retrotraje no solo a los lugares visitados sino a mi curiosidad por conocer la historia, y aquí les comparto mis averiguaciones.
Desde el punto de vista técnico las tarjetas postales pueden definirse, según los casos, como un soporte de edición oficial o privada, de comunicación al descubierto y tarifa reducida. Las ediciones oficiales empezaron a circular en octubre de 1869 en el Imperio Austrohúngaro y las privadas, en Francia a partir de 1873, de donde se extendieron por el resto del mundo.
Las postales con motivos de paisajes, típico exponente de un mundo que buscaba abrirse y darse a conocer a través de la imagen, ha dado lugar a un coleccionismo apasionante, rubro que le pisa los talones a la filatelia, tanto que en Europa y los Estados Unidos representa el segundo tema de colección, con auge creciente.
Respecto a las imágenes hay tantas diferencias en los temas elegidos como motivaciones tienen los individuos, con destaque en las costumbres regionales, los transportes, vestimenta, bailes típicos y en especial paisajes de la costa y personajes en las playas.
Lo que nos lleva a su indudable valor iconográfico y estético porque muchas veces se trata de imágenes litografiadas y coloreadas a mano con una paleta suave que revela la calidad del pintor y la suerte de magia con que representan los paisajes.