Cada seis meses, Graña iba a Iquitos para comerciar. Sus súbditos lo adoraban y le seguían a todas partes. En la ciudad les curaba las úlceras, les cortaba el pelo, les compraba helados y los llevaba al cine. Incluso, ocasionalmente, se vestían de frac y sombrero de copa y paseaban por la ciudad en un Ford descapotable. A finales del Siglo XIX, estas extravagancias seguramente causaban asombro y extrañeza en la sociedad peruana de la época, cosa que a Graña lo tenía sin cuidado.
Graña también guiaba expediciones. En 1933 el piloto español, también gallego, de Ferrol, Francisco Iglesias Brage, mientras planeaba su expedición al Amazonas, conoció a Alfonso en Iquitos. Graña prometió al capitán español toda la ayuda necesaria para que la expedición recorriera todo el Amazonas sin dificultades con las tribus hostiles, y puso a su disposición a los 5.000 indios sobre los que reinaba, para grabar una película. Pero a pesar de la ilusión del Gobierno de la República española por la Expedición Iglesias al Amazonas, la Guerra Civil hizo que se suspendieran los preparativos.
La hazaña que le consagró como dueño y señor de tan vasto territorio fue cuando recuperó un hidroavión estrellado de las fuerzas aéreas peruanas y a uno de sus tripulantes. Se encargó de entregar el avión y el tripulante a las autoridades peruanas, dejando la incógnita de cómo fue capaz de realizar semejante proeza en un par de barcazas. Por este gesto, el gobierno de Perú reconoció oficialmente su soberanía de la Amazonia. En la actualidad el Aeropuerto de Arequipa (Perú), lleva el nombre del piloto rescatado del hidroavión por Graña: “Aeropuerto Internacional Alfredo Rodríguez Ballón”
La autoridad de Alfonso Graña sobre la selva llegó a consolidarse de tal manera que cuando la petrolera norteamericana Standard Oil, propiedad de John D. Rockefeller, realizó una expedición para sondear petróleo en el Alto Amazonas, tuvo que negociar un tratado con él para poder hacerlo. Sólo el Rey de los Jíbaros podía evitar ataques a los norteamericanos, proveerles de víveres y, decirles dónde sondear. Su nieto, Kefren Graña, es el líder de la Federación Wampis del Rio Santiago, que vigilan y controlan la riqueza y los recursos naturales del Reino que una vez gobernó su abuelo.
Alfonso Graña nunca volvió a Galicia y murió en 1934 en plena selva a los 56 años de edad. Sus súbditos sepultaron su cuerpo en un lugar desconocido de la Amazonia, pero su dinastía y su legado han perdurado. En Avión todavía puede visitarse su casa natal en ruinas. En una de sus paredes hay una placa con una leyenda: “Casa natal de Alfonso Graña, Rey de los jíbaros. 1878 – 1934”.