Puesta de Sol en el Mar Jorge Schaerer
Nuestro Hermano de la Costa, Jorge Schaerer Contreras, nos acerca uno de sus relatos. El texto en cuestión escapa a su tema favorito, donde se destaca Crónicas acerca de la Mar (Editorial Mare Nostrum 2014) y su erudición sobre temas tales como la Guerra del Pacífico y otros aspectos de la historia de Chile, Perú y Argentna.
Era verano, y al aire aún guardaba el húmedo calor de la tarde. A medida que el sol descendía hacia la línea de horizonte,  el cielo se llenaba de arreboles de múltiples tonalidades de rojo y amarillo que se reflejaban en la superficie de las ondas, a las que de vez en cuando el viento del sur, que agitaba sus canas, ornaba con una blanca y efímera cabellera de espuma.
Parecía increíble que esas suaves líneas móviles pudiesen ser el origen de las olas que incansablemente rompían sobre las rocas de la escollera, transformándose en un tenue velo que se alzaba en el aire para mostrar fugaces arco iris, mientras  el viento lo empujaba lejos hasta alcanzar a algún infortunado paseante que se aventuraba en sus cercanías.
Tal vez su abrazo es refrescante, pensó uno de ellos. El otro pensó cuán insignificante se  sentía ante la fuerza de la naturaleza. Estaban tan absortos en sus divagaciones, que no advirtieron que una gaviota aterrizó cerca de ellos, y curiosa volvió su cabeza en dirección al océano. Parecía desear ver lo mismo que ellos: la magia de una puesta de sol en el mar.  
Los dos viejos permanecían mudos, porque sabían que se aproximaba ese instante efímero en el que es imposible no sentirse deslumbrado por la belleza de la naturaleza. De pronto el sol estallaría ante sus ojos como un espectacular fuego de artificio, antes de hundirse bajo la línea del horizonte dando la impresión de hacerlo en las profundidades marinas.
A veces, durante una fracción de segundo veían el rayo verde, y pedían tres deseos. Casi siempre los mismos, y nunca para ellos. Muy luego, como el telón que se cierra en el escenario indicando el fin del espectáculo, la luz empezaría a apagarse tan lentamente como sus vidas, y el día  empezaría a  desvanecerse ante sus ojos como sus sueños.
Pero no hablaban de cosas que acongojan, que ensombrecen el alma como una densa bruma, sólo de sus travesuras de niños, o de cuando eran marinos. A veces de amores en puertos lejanos Eso borraba los males del día. Desde que nacieron eran casi vecinos, así es que  muchos de sus recuerdos eran compartidos.
Ya Venus se había prendido en el cielo. Luego lo harían la Cruz del Sur, y tantas otras estrellas cuyos nombres conocían. De pronto se encendieron los faroles, y oyeron la voz de Luisa. Siempre era ella la que venía a buscarlos...