Cruzó el Pacífico en Canoa Hace 30 Años

El pampeano Alberto Torroba pasó 13 años en el mar, alcanzando su máxima proeza en 1989, cuando cruzó el océano Pacífico en una canoa de 4,50 metros de eslora sin instrumentos de navegación, al estilo de los antiguos navegantes polinesios que se orientaban con las estrellas.
"Para cada isla los polinesios tienen una estrella que la representa. Yo había memorizado 57 de un librito donde estaban todas (las visibles), siempre y cuando no hubiera tormentas", explica Torroba, desde su casa, en una chacra de 400 hectáreas ubicada a 25 kilómetros de Santa Rosa, La Pampa.
Alberto Torroba nació el 8 de Abril de 1952 en Santa Rosa, donde se le conoce con "El Loco". Al terminar sus estudios secundarios viajó a Buenos Aires interesado en estudiar Teosofía y Matemática. Permaneció unos años, vendió una moto y se tomó un vuelo a Madrid. Vivió un tiempo en la casa de un amigo en Ibiza y más de un año en Berlín, recorrió algo de Europa hasta que compró su primer pasaje a la India. Allí residió dos temporadas de un año, separadas por una estadía por trabajo en Taiwán. También estuvo en Nepal, Sri Lanka y Pakistán.
Alto, fornido, con el pelo largo, la barba profusa y la piel marcada por el sol y el mar, navegó 40 días en soledad, a bordo bordo de la pequeña canoa Ave Marina, para llegar a la Polinesia cruzando el Océano Pacífico. El mismo tiempo que Siddharta Gautama permaneció debajo del árbol Bodhi cuando alcanzó su iluminación e igual a los cuarenta días y cuarenta noches que Jesús se retiró al desierto. Zarpó desde la Islas Galápagos en Ecuador y recorrió sin escalas las 3.000 millas que separan los continentes.
En absoluta soledad, todo ese tiempo no se cruzó un barco ni a nadie más. Durante el día permanecía escondido del sol debajo de un toldito, y recién con el crepúsculo del atardecer salía a disfrutar la noche infinita en altamar. Por si fuera poco, a escasos días de zarpar una fuerte tormenta dio vuelta campana la embarcación y perdió gran parte de la comida y algunos bidones de agua.
Entre las cosas que desaparecieron también estaba la brújula, pero ya era demasiado tarde para regresar. Las corrientes marinas lo empujaban y decidió entregarse a su destino y confiar en su poder personal. "Hasta los treinta días de navegación yo seguía siendo medio cocorito, con todo mi mambo del yo y el yo, aferrado a mis pavadas personales. Después me fui cansando cada vez más hasta que me entregué. Ya estaba, lo solté, o me lo sacaron, que se yo, estaba entregado a otra cosa. Esa experiencia queda con vos, algo cambia dentro tuyo. Antes tenía una tendencia a querer demostrar cosas, pero después no me interesó más.
Ese viaje y las navegaciones posteriores en los archipiélagos de la Polinesia fueron narrados por el mismo Torroba en su libro "Relato del Náufrago y el Ave Marina".